mié
19
jun
2013
La relación entre la literatura y el cómic ha sido muy estrecha desde sus comienzos. Las adaptaciones de obras literarias al lenguaje visual del cómic son muy habituales. Algún día les dedicaré un artículo, pero de momento quiero hablar de otro curioso fenómeno: el de los escritores que acaban convirtiéndose en personajes de cómic. De un tiempo a esta parte parece que las biografías de escritores se han puesto de moda en el mundo de las novelas gráficas. Por eso, al hablar de convertir a escritores en personajes de cómic es natural pensar en ellas. Pero existen otras posibilidades. Como construir una historia de ficción y, por motivos variados, introducir en ella a un escritor real, una copia que puede ser más o menos fiel al de carne y hueso. Lo hizo Cortázar consigo mismo en el año 75. El escritor argentino intuyó el potencial creativo que tenía el lenguaje del cómic y ese año escribió Fantomas contra los vampiros multinacionales. En ella, el héroe Fantomas trata de ponerse en contacto con varios escritores, entre ellos Cortázar ‒y alguno más como Octavio Paz o Alberto Moravia‒, para luchar contra el maligno poder de las multinacionales que amenazan al mundo. Su principal atractivo es el juego de ficción y realidad que establece: Cortázar lee un cómic sobre Fantomas donde aparece él mismo como un personaje más y lo que ocurre en ese cómic acaba influyendo en la vida real y viceversa. No deja de ser significativo que esta obra se haya considerado como menor durante mucho tiempo.
Todavía más llamativa es la aparición de Borges en el mítico Perramus que Alberto Breccia y Juan Sasturain publicaron en 1985 en la revista Fierro. Una historieta política, llena de aventuras, que transcurre en la dictadura chilena y en el regreso a la democracia, más entretenida que culta, lleno de guiños a la cultura argentina. El Borges que aparece en la historia tiene seguramente muy poco o nada que ver con el real. Sigue siendo el viejo taciturno, casi ciego, que vive para los libros, pero a su faceta de erudito se le añade la de guerrillero, la de un Borges comprometido políticamente. El papel que juega el escritor argentino es puramente simbólico: ejercer de maestro.
mar
18
jun
2013
Existe una tendencia generalizada a ver el arte como un concepto abstracto, algo tremendamente complejo y alejado de la realidad que necesita un elaborada explicación o un exhaustivo análisis para poder ser comprendido y valorado. A veces es triste ver cómo incluso quienes se consideran estandartes de la intelectualidad caen en esa visión tópica del arte. Le pasa por ejemplo a Mario Vargas Llosa, que en su ensayo La civilización del espectáculo dedica al arte un capítulo titulado «Caca de elefante». El título, por cierto, es bastante descriptivo del enfoque con que Vargas Llosa trata el tema. El autor peruano, que considera que estamos viviendo poco más que el apocalipsis de la cultura, se refiere a la banalización del arte contemporáneo, sobre todo a raíz del pop art, que eclosiona en los años 60 con Andy Warhol a la cabeza.
Sin embargo, la visión que ofrece el filósofo del arte Richard Wollheim, creador del término «minimalismo», es muy distinta. En 1968 ‒una fecha simbólica por lo que representa mayo del 68 para el mundo del arte‒ publica El arte y sus objetos, un ensayo en el que defiende un concepto del arte entendido como «forma de vida». La expresión no es originaria de Wollheim; en realidad la tomó prestada de Wittgenstein, que la aplicaba al lenguaje para señalar el papel que juega en nuestras vidas como forma de representar nuestras experiencias y nuestros hábitos. De la misma manera, según Wollheim el arte está condicionado y es un reflejo del contexto social en el que se generó y solo puede comprenderse dentro de este contexto.
Por ejemplo, es precisamente el contexto lo que hace que las 32 latas de sopa Campbell´s de Andy Warhol conviertan una imagen asociada al mundo del consumismo en arte. No es algo muy distinto a lo que Arthur C. Danto, autor del imprescindible ensayo Después del fin del arte, dice en un artículo titulado «The artworld»: si nos encontramos ante dos objetos completamente iguales y uno es una obra de arte y el otro no es porque existe un contexto que le ha otorgado un estatus diferente a cada uno de los objetos, haciendo que solo uno de los dos sea arte. La diferencia entre una caja Brillo normal y una obra de arte la marca ese contexto, que incluye una historia y una teoría del arte, que es lo que George Dickie llamó «institución del arte».
Parece que para entender una obra de arte sea necesario conocer el contexto en el que se genera, tal vez por eso el arte contemporáneo parezca un territorio tan críptico, reservado solo a expertos. Pero por qué no va a ser posible el camino contrario: conocer el contexto a través de la obra. Lo que quiero decir es que el arte no es algo ajeno a la vida sino que más bien es un reflejo de ella. En realidad la vida se refleja en el arte y el arte en la vida. Es por eso que conocer el arte de una época es una de las forma más fiables de alcanzar un conocimiento profundo de la historia de esa época. El arte de Roma nos dice tanto sobre Roma como el arte contemporáneo nos dice ‒o nos dirá‒ sobre el mundo actual. Y así es como lo entenderán seguramente las generaciones futuras cuando vuelvan sobre nuestras obras de arte para saber más del mundo en el que vivimos hoy en día.
lun
17
jun
2013
Hay personas que tienen el hábito de aprovechar el tiempo dedicado al excusado leyendo, normalmente un periódico o un buen libro. En Japón esta costumbre se ha convertido prácticamente en una institución, algo que sumado a su tendencia a las excentricidades llevó al escritor Koji Suzuki a idear en 2009 una novela impresa en un rollo de papel higiénico 100% reciclable. La obra en cuestión es una novela corta titulada Drop en la que se narra una historia de terror psicológico que transcurre entre las cuatro paredes de un pequeño baño japonés y dura unos 88 centímetros de papel, por lo que se repite hasta 34 veces en cada rollo. Fue publicada por Hayashi Paper, que ya había utilizado anteriormente este original soporte para publicar historietas de manga. Suzuki llegó a un acuerdo con la editorial para escribir una historia de 2000 palabras que pudiera ser leída con cierta rapidez en el baño, lo que la convierte en una verdadera experiencia al transcurrir en el mismo lugar en el que se lee.
Drop se comercializó tanto en librerías como en las secciones de limpieza de supermercados japoneses con un precio de 210 yenes, lo que al cambio vendrían a ser unos 1,6 euros. La novela pasó a ser rápidamente un éxito de ventas, sobre todo gracias a la popularidad de Suzuki, que saltó a la fama a raíz de la publicación de su segunda novela, The Ring, que fue adaptada al cine y se convirtió en la película más taquillera de la historia del cine japonés y en un verdadero fenómeno de masas, incluyendo un remake americano que pasó sin pena ni gloria.
La estrategia de marketing es evidente y visto el volumen de ventas se puede decir que funcionó bastante bien. Aunque lo cierto es que la idea de un bestsellet publicado en papel higiénico no deja de tener su punto sarcástico. Seguramente hay unos cuantos libros que deberían seguir el ejemplo y aparecer publicados directamente en forma de papel higiénico. Así, por lo menos, les estaríamos garantizando un doble uso.
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